Los Países Bajos han hecho su aparición en esta edición de ARCOmadrid dejando patente la inusitada estabilidad y solidez del arte contemporáneo de la región, no deducible de algunos indicadores como el prolongado cierre temporal del Stedelijk Museum o la ausencia de una feria o bienal de renombre internacional. Sin embargo, una importante tradición conceptual y la excelente formación impartida por las academias parecen haber sentado las firmes bases sobre las que ahora continúan investigando muchos de los artistas del territorio.
Las galerías neerlandesas invitadas a ARCO bajo la selección del comisario holandés Xander Karskens han optado por evitar las grandes estridencias y exhibir el enorme potencial de algunos de sus artistas más jóvenes Algunos nombres ya conocidos gracias a la pasada Bienal de Venecia como Nathaniel Mellors, que presenta en su solo en la galería Diana Stigter uno de sus reconocibles animatronics, o la holandesa Wendelien van Oldenborgh que es la protagonista de una imponente videoinstalación en Wilfried Lentz Gallery. En la galería Annet Gelink se puede escuchar el sonido de la galería vecina a través de una obra de la holandesa Sarah van Sonsbeeck y en la galería Grimm se pueden admirar dos interesantes esculturas de un clásico del conceptualismo en los Países Bajos, Ger van Elk. Jasper Niens, el artista responsable del pabellón holandés en la feria -una hermosa espiral con forma de concha de madera que alberga encuentros profesionales- trabaja con la galería West, la única que ha burlado la discreción neerlandesa con una apuesta rotunda por el color y el gran formato. Pero, sin duda, lo más emocionante ha sido el ver reconstruida a través de sus boletines publicados la actividad de la mítica galería Art & Project de Ámsterdam por la que pasaron artistas como Joseph Kosuth, Richard Long, Sol LeWitt o Gilbert & George. Un emotivo réquiem en momentos duros en los que tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, por mucho que nos haya subido el ánimo ver la buena marcha de la feria. En definitiva, una afortunada elección la de los Países Bajos como invitado de honor de la feria por haberse unido además a una completísima oferta de exposiciones institucional. Navid Nuur en Matadero, Aernout Mik en el CA2M y Un paisaje holandés en la Casa encendida son una tríada monumental. Apuestas seguras las del MNCARS con René Danieëls y la del Museo Thyssen con Mondrian, De Stijl y la tradición artística holandesa. Smakelijk eten!
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Muchos de los presentes en ARCO’12 coinciden en la progresiva austeridad con que la feria de arte contemporáneo por antonomasia se presenta a un público que sigue entregado, según las comidillas entre stands. Pero la organización sabe que no todo pueden ser coleccionistas y especialistas de la materia, sino que hay que acercar los contenidos al gran público, más allá de la entrada general del fin de semana. El modelo expansivo realizado a través de la proliferación de numerosas actividades, con el trasfondo de la feria, distribuidas por la ciudad, congenia a la perfección con un carácter aún vigente, que a pesar de todo, la sigue manteniendo viva, siempre despierta. La presunta revisión de la feria hacia una obra menos espectacular y más íntima se queda entre los muros de Ifema y Madrid se viste de gala para albergar un mes agotador, un febrero con cuatro ferias y más de ciento cincuenta actividades culturales otorgando un papel mucho más importante al escaparate que es ARCO, incluso por encima del ya consabido. Aunque, a priori puede parecer agotador e inabarcable, es más bien estimulador y obliga a desempolvar una de nuestras herramientas favoritas, la criba. Bajo el nombre de AfterARCO se encuentra una amalgama de actividades que alargan la feria a otros puntos de la ciudad, llevándola más allá de lo que ocurre en el ferial. Nico Munuera ilumina la fachada del ayuntamiento en la Plaza de Cibeles, mientras al mismo tiempo Eugenio Ampudia, Ruth Gómez, Fran Mohíno y Pablo Valbuena intervienen en la fachada de El Corte Inglés de la calle Preciados. Y a un par de manzanas, y a la vez que lo anterior, en las pantallas gigantes de los cines de Callao, cinco artistas de los Países Bajos (los invitados) exponen sus videos. Si a esto le unimos que el jueves Alberto García-Alix presentaba en el Círculo de Bellas Artes su nuevo trabajo De carne y hueso, que en Matadero el premio Turner Martin Creed se atrevió con la música un día antes y que en la Cineteca, dos días después Nathaniel Mellors, Gabriel Lester y Santiago Sierra presentaban sus últimas películas, la oferta comienza a ser un poco agobiante. Pues unámosle las proyecciones de vídeo de la colección H+F en el Hotel Room Mate de Chueca, los conciertos diarios de Matadero, las sesiones de DJs en Joy Slava y las obras teatrales en el CA2M, en el Museo Reina Sofía y en diferentes teatros de la ciudad, y el resultado será imposible para sólo cinco días. Y esto es sólo el aperitivo. Los platos fuertes vienen después.
Tres ferias más se celebran coetáneamente a ARCO, JustMAD3, ArtMadrid y Flecha. Ya con la criba en mano, sólo JustMAD es digna, tanto que en muchos momentos incluso supera a su hermana mayor. En el aparcamiento del modernísimo Hotel Silken Puerta América (cinco estrellas, gran lujo) más de cincuenta galerías internacionales exponen en sus stands, del tamaño de una plaza de garaje, obras de artistas en su mayoría jóvenes de gran proyección, en un ambiente cercano y colorido, muy de agradecer entre tanto trajín. Esta tercera edición de la feria, que además este año incluye un espacio dedicado al diseño, es más gráfica y en ocasiones más visual que la propia ARCO, como un ensayo general de un paso más, pero con el riesgo de convertirse en más representativa. Sin mostrar un ápice de inmadurez, es admirable que una acontecimiento tan joven alcance sin aparente esfuerzo tal nivel de calidad; la sensación después de la visita (obligatoria) es la de haber conocido la obra de artistas que en poco tiempo, incluso ya, serán nombres que rotarán en las próximas exposiciones, fuera ya del escaparate de estos días. Ruth Quirce (Blanca Soto), Santiago Morilla (José Robles), Fernando Bayona (6 + 1), Joachim Koerster (Elba Benítez) o Paco Pomet (My name’s Lolita) aportan frescura, una originalidad alejada de la grandeza o la polémica gratuita; la atmósfera resultante es viva, colorista y en definitiva, más sincera.
También los grandes museos y centros de arte de la capital se preparan y adornan sus casetas para la feria. En este caso, los Países Bajos, como país invitado, toma un protagonismo, que quizás, no siempre es bien entendido. El CA2M de Móstoles presenta hasta el 3 de junio de este año al genial Arneout Milk, el holandés que a través de sus vídeos sutilmente coreografiados se inmiscuye en la estupidez de los actos humanos cuando se encuentran en medio de la multitud. La Casa Encendida, además de la oportunidad que ofrece de poder ver las obras de los jóvenes premiados en Generaciones 2012, dedica dos de sus espacios expositivos a Un paisaje holandés, un recorrido al conceptualismo insistente de los artistas flamencos en los últimos cincuenta años, desde Bas Jan Ader hasta el joven Navid Nuur, que además también expone estos días en Matadero su obra Hocus Focus, pasando por Jan Dibbets, un elegante artista que muestra sobre fotografías Polaroid, las diferentes luces de la ventana de su estudio durante el trascurso de un día de abril, y que además brilla en un espectacular vídeo donde un hombre camina delante de un enorme barco rompehielos, expuesto en las pantallas de Callao. El Museo Thyssen-Bornemisza, más apegado a la tradición otrora necesaria, inauguró el pasado 7 de febrero y hasta el 25 de marzo la muestra Mondrian, De Stijl y la tradición artística holandesa, una repaso a los movimientos de vanguardia que influyeron en todo lo que en ARCO, ahora se exhibe como símbolo de una identidad particular. Incluso el Museo Reina Sofía ha hecho coincidir, casualidad o no, el comienzo de probablemente la exposición estrella de la agenda para este año. Comisariada por el propio Borja-Villel, Castillos en el aire es el título de la hiriente exposición de Hans Haacke planteada en dos partes, una casi antológica de las obras más representativas de su magnífica carrera, y otra, la más interesante, un proyecto realizado por el artista con motivo de la muestra para el Reina, en el que tras un profundo trabajo de investigación sitúa su lacerante visión sobre la extensión de Vallecas, formada como una urbanización moderna, con nombres de calles relacionadas con el mundo del arte, en el que la ruina del capital lo ha convertido en un aborto inmobiliario, muerto antes de nacer. Haacke, conocido por poner de manifiesto a lo largo de su carrera, encuentra en la periferia madrileña el motivo perfecto para hilar una instalación dividida en fotografías, un sobrecogedor travelling y un enfrentamiento directo entre los nombres de las calles y lo representado, utilizando obras de la propia colección del museo nacional.
Pueden parecer demasiadas actividades, y el tiempo a parte de escaso, en este caso se convierte en insuficiente, y de ahí, la importancia de la criba. Y después de metros, taxis, galerías, proyecciones y conciertos, después de tres días agotadores, después de separar cuidadosamente los granos, lo que queda es lo fundamental. En el Instituto Italiano de la Cultura, la pareja Bruno&Botto exhiben también estos días algo parecido a un oasis. En la primera planta del palacio que alberga al Cervantes italiano, tres habitaciones son utilizadas por los turineses, con una elegancia extrema, para hablar a la vez de su propio recorrido artístico y de su visión dirigida a la vida periférica, y en medio, también físicamente, un vídeo donde una cámara persigue a esos niños de los suburbios correteando y jugando libremente entre los despojos de las urbes, acompañado de una música superior, una melodía compuesta por los propios artistas de una inclasificable melancolía. Su visita es obligatoria, al igual que conocer uno de los proyectos con más posibilidades que también estos días arranca en Madrid. En un antiguo almacén, la colaboración de Miki Leal, Jacobo Castellano, Jaime de la Jara, Esteban Navarro, María José Solano ha encontrado forma en Noestudio, una ventana abierta a la autogestión, al inconformismo, al trabajo inteligente. Más allá de una galería, o un estudio compartido, Noestudio se plantea la confianza, el trueque, la relación y la colaboración entres creadores, artistas que desean saber rendir su obra de un modo coherente. Por ello es clave el contacto directo entre artistas y coleccionistas, galeristas y fundaciones, siempre desde la autogestión, desde el desarrollo común y participativo y alejado de las premisas clásicas en busca de becas y subvenciones, que aunque muy importantes, no pueden ser definitivas. Noestudio promete abrir un nuevo campo en la capital, el del artista que trabaja y lucha por su obra, entre algunos de los artistas con más proyección del panorama nacional, que además, establecerán su estudio allí mismo. Más que obligatorio, que lo es, es necesario, un reto esencial en estos tiempos. Después de todo, más allá de la parafernalia y la grandilocuencia, el arte sobrevivirá; hay vida después de ARCO, la hubo antes y la hay mientras.
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En 1886 Émile Zola describía así al público que, en los días de entrada libre del Salón de París, se acercaba a visitarlo: «bandadas de campesinos, de soldados y de nodrizas, a través de las salas, hasta la desmesurada cifra de cincuenta mil visitantes en determinados domingos de buen tiempo, todo un ejército, los batallones de reserva del pueblo llano ignorante, siguiendo a la gente de mundo, desfilando con ojos como platos, en aquella gran tienda de imágenes». Con cierto sonrojo, uno reconoce en estas líneas de la novela La obra, escritas hace más de un siglo, patrones y conductas en torno al arte que le resultan familiares. No puede uno dejar de asombrarse ante la vigencia de los tópicos verdaderamente demoledores que contiene este breve pasaje: el desprecio de los artistas hacia todo público que no fuera el de expertos y académicos del día del vernissage, la asimilación de la masa con una fuerza militar –en un guiño invertido a la voluntad arrasadora de la propia idea de vanguardia, que como es sabido toma su nombre de la jerga militar-, etcétera. Sin embargo, quisiera detenerme en una cuestión que, a nuestros ojos, parece ya asimilada, pero que no lo era tanto cuando Zola escribió esta novela. Me refiero a la inesperada atención que presta el escritor, en su descripción del fenómeno del Salón, al contexto donde las obras se presentaban. Una atención que en algunos momentos, como el que citaremos a continuación, lo hace detenerse incluso en olores, sonidos y otras cuestiones ambientales: «ahora el aire se caldeaba, se impregnaba de los acres perfumes de los atavíos. No tardó en dominar el olor a perro mojado». Lo novedoso, y realmente moderno, de esta obra es que pone al arte en situación. Analizando el marco de recepción de las obras como un ingrediente, quizá el más interesante, de este epítome de la modernidad que eran los salones, Zola fijó una lectura canónica de este tipo de fenómenos que no sólo podemos, sino que debemos extrapolar a las actuales ferias y bienales de arte.
Jean Baudrillard en El complot del arte retoma este camino como el único posible para entender qué pasa en los macroeventos artísticos de nuestra era. Y su diagnóstico es igualmente tajante: «Ir a una Bienal (o a una feria) se ha convertido en un ritual social, como ir al Grand Palais. Y se ha llegado al punto de que los signos del ritual son nulos, carecen de significación, de sustancia. En estas situaciones ya no puedo tener un juicio estético, sino una visión antropológica». De este modo, Zola y Baudrillard parecen encontrarse, con 120 años de diferencia, en el mismo punto. Y es que ambos se enfrentan a la sustitución de la obra de arte por otra cosa, que en Zola es la tienda de imágenes de la cita, y en Baudrillard es ese repertorio de signos huecos que perpetúan el vacío de un ritual formal; un acto social que se legitima a sí mismo a través de la coartada del arte. Uno y otro coinciden en afirmar que estos formatos excluyen la experiencia estética de su seno. O lo que es lo mismo, el arte –tal y como lo reconocíamos convencionalmente- no ocurre allí. Ambos describen, por tanto, una realidad que contradice, con contundencia, el relato hegemónico del arte moderno. Un relato que nos hablaba de la emergencia triunfal de un nuevo sujeto estético armado para el encuentro autónomo con el arte y para emitir, de resultas de ello, un juicio estético. Este consumidor crítico de experiencias estéticas, si es que alguna vez ha existido, parece que no ha sido invitado a las ferias de arte. Y si lo ha sido, desde luego no es mayoritario. Por decirlo de otro modo, y citando ahora el texto de Yves Michaud El juicio estético, debe entenderse que para que se den «experiencias estéticas adecuadas» es imprescindible que el espectador sea capaz de entrar en el juego de lenguaje. Y, desde luego, el laberinto de una feria no es el vehículo más adecuado para esa entrada. No obstante, y dicho lo anterior, nada más lejos de mi intención que blandir la sempiterna nostalgia por un tiempo y un tipo de experiencia que quizás nunca existió. Con Baudrillard, se puede concluir que el hecho de que «se pierda la estética no quiere decir que todo esté perdido… Todas la culturas sobrevivieron a eso». En realidad, todos sabemos qué vamos encontrar en ferias como ARCO. Sabemos que será cansado, abrumador y que no recordaremos dónde hemos visto qué. Sin embargo, seguimos yendo a perpetuar ese ritual del que, nos guste o no, somos cómplices. Por lo que constatar que la feria de arte es un espacio para el comercio, más que para una experiencia estética adecuada es una obviedad en la que no deberíamos detenernos ni un segundo.
Lo verdaderamente paradójico es que las ferias de arte, al menos tal como se entienden en Europa, sí que quieren ser otra cosa. Y para eso necesitan esa experiencia estética asociada a lo artístico que la propia naturaleza del evento excluye. Como si tuvieran una especie de mala conciencia de si mismos, este tipo de formatos, que en realidad no engañan a nadie en su afán de vender arte (nada que objetar, hasta aquí), necesitan adornarse con proyectos curatoriales, exposiciones in site, y demás remedos de museografía efímera. Sorprende, porque esto sí que es verdaderamente nostálgico, que el consumo de arte en una feria necesite un valor añadido. Y que su afán sea vincularse con los dispositivos –me refiero a los museos, claro- que garantizaban ese tipo de experiencias estéticas clásicas desactivadas por la propia naturaleza de la feria. Esta necesidad de las ferias de “musealizarse” las ha llevado, en no pocas ocasiones, al delirio. Hay, no obstante, casos como Art Unlimited, en Art Basel, o las mil actividades paralelas a Frieze Londres donde estas propuestas transversales han calado de un modo más consistente. Pero ARCO no parece haber encontrado aún ese modelo de feria interferida por lo institucional. Por conocidos, no quisiera abundar en estos experimentos fallidos, que van de aquellos insulsos pabellones regionales que proliferaron en la década de 2000, hasta la misma infancia de la feria, cuando esta se ofrecía poco menos que como el escaparate del milagro cultural español de los ochenta. Suplantando, de paso y burdamente, el papel de un inexistente tejido estatal de centros de arte, que no se activaría hasta la década de 1990. En la actualidad el modelo de Art Unlimited, parece ser la nueva vía para institucionalizar la feria de Madrid. Así lo hemos constatado en esa plaza de piezas instaladas que conforma Solo Projects, y dentro de ella Solo Objects. Se trata de una interesante selección de artistas latinoamericanos, de las que destacaría a Voluspa Jarpa, Dias & Riedweg o Cecilia Szalkowicz, que funciona como una mini-exposición comisariada dentro de ARCO y que replica la estrategia de la que es el paradigma de ejercicio curatorial dentro de una feria, Art Unlimited. Inscrito en Art Basel, en la que inversores, galeristas y patrocinadores no escatiman esfuerzos, Art Unlimited es un racimo de “piezones” instalados en un pabellón anexo a la feria que se proponen dejar boquiabierto al visitante. El marketing cultural alcanza allí una de sus cumbres a través de una exposición comisariada desde 2000 por Simon Lamunière, quien por cierto se despidió en la pasada edición de 2011. Una exposición que, al mismo tiempo, es la feria, pues son las galerías seleccionadas las que proponen los contenidos de Art Unlimited. Y que, además, reproduce el esquema de las bienales, ya que funciona como una monumental arquitectura efímera que se organiza en torno a ejes temáticos y cuyo sentido emerge al mismo tiempo que va tomando forma. Es a este todo en uno que, por cierto, resulta carísimo, al que ahora se quiere incorporar ARCO. Su fórmula parece haber triunfado como recurso para obtener ese valor añadido que toda feria de postín desea y que se consigue “bienalizándose” a través de la fusión definitiva de estética y mercado. Y si de paso atrae a más turistas de la cultura, miel sobre hojuelas.
Óscar Fernández López, 2012 |
Fotografía: Eduardo D'Acosta
La Raya Verde |











